Leer por mero gusto y sin medida


Hay un antecedente, en México nadie lee, bueno, está bien… no voy a generalizar, lo hace un porcentaje muy bajo. ¿Por qué? Razones variopintas como que a la gente le viene el mareo, porque se aburren, porque no se saben concentrar o porque les da sueño, los pretextos mismos dan para un libro bien divertido. Para qué lamentarnos entre porcentajes, entre esas frases hechas que ya forman parte de la estadística, 80 de 100 no leen, un 2% lee historia de México, un 5% el libro vaquero y otro 5% el catálogo de Natura.

Por eso, y sabiendo que mis jefes jamás pasarán sus ojos por estas mis letras necias, y que incluso, dudo que alguien más lo haga, hoy me revelo y comparto algo que escribí y que me gustó. Ahí tiene usted que yo estudié letras, letras hispánicas, imagínese mi atrevimiento, yo estudiando letras en un país que no lee un carajo… pero bueno, quiero entender que algo bueno he hecho en estos más de 10 años desde que salí de la universidad, porque no me he quedado sin comer, he dado clases, he trabajado en áreas de comunicación, de edición; en radio en revistas, blogs, empresas de belleza, cadenas hoteleras y mi más deschavetado y más reciente empleo, una financiera. He sido directora creativa, community manager, content manager y directora de comunicación… todo relacionado siempre con las letras.

No tengo coche. No se lo digo para que piense que soy una pobre diabla, pero es fundamental para que entienda mi relato; las aventuras que se viven en el transporte público de esta ciudad, son fascinantes y de ahí me ha venido la idea de un proyecto en el que ando trabajando, un libro de relatos camioneros que cuenten en sus páginas la chabacanería que se vive en esos metros donde los cuerpos se transforman en imanes y se acomodan tan cercanos, que parecen sardinas en una lata.

Por eso y aprovechando que esto va a quedar entre usted y yo, me atrevo a compartirle uno de esos relatos que viví recientemente en una de esas unidades que recorre las arterias de este cuerpo de ciudad.

Lo titulo, Chente. Espero le guste:

El camino en la 635 hoy se hizo reflexivo a falta de mis audífonos, el chofer silbaba bonito y cantaba “ay amor, ay amor, cómo puede ser que te adore yo tanto” mientras Chente sonaba en su radio y ese microcosmos particular que era la unidad 21 de dicha ruta se hacía especial. Entonces con el despertar nublado, pensaba en que el día en que el charro de Huentitán pase a mejor vida, nos dejará huérfanos, algo así como Pedro Infante a Sinaloa, José Alfredo a Guanajuato o Juanga a Juárez… que la gran capital se puede cagar de risa de nuestro acento cantadito, pero que no pueden negar que esta tierra les ha dado patria ante el mundo entero, porque las Chivas son más mexicanas que la selección, porque sin tequila no hay caballito que valga y sin Don Vicente Fernández, los mariachis no serían lo que son.

Cuando volví en mí, me asusté: ¿Ya se habrá muerto? (Chente está hospitalizado desde hace un mes aprox) Y antes de buscar las noticias que el pajarito de Twitter canta en los cables del alambre del internet, opté por preguntarle al chofer con un poco de nervios ¡No me diga que ya se murió Chente! A lo cual contestó sabiamente: no seño, no se ha muerto y aunque se muera pues va a ser eterno.

Sentí bonito.

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